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sábado, 10 de enero de 2015

Sobre la guerra: Correspondencia entre Einstein y Freud

Imagen extraída de: http://danieltutt.com/2012/03/26/freud-and-einstein-letters-how-do-we-end-war/

Frente a los acontecimientos de los últimos días en Francia se rememora unas cartas que había leído hace algunos años a propósito de la guerra. Tuve que acudir nuevamente, ante mi perplejidad por el empuje a lo mortífero que habita en los humanos, a estos escritos entre dos genios: Freud y Einstein. Reproduzco a continuación la correspondencia:
(Aquí el link. Las citas en rojo son de mi consideración)

Caputh, cerca de Potsdam, 30 de julio de l932
Estimado profesor Freud:
La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable fracaso.
Creo, además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes, absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto, poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.
Siendo inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera siempre de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo, someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos) en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional implica la renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro y fuera de toda duda que ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.
El escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de que hay en juego fuertes factores psicológicos que paralizan tales esfuerzos. No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a cualquier limitación de la soberanía nacional. Esta hambre de poder político suele medrar gracias a las actividades de otro grupo guiado por aspiraciones puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en este pequeño pero resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que, indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra, en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.
Ahora bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato: ¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su servicio defienden los más altos intereses de la raza y de que el ataque es a menudo el mejor método de defensa). Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento.
Sin embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos lograr despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Solo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y únicamente emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva. Aquí radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones humanas puede resolver.
Y así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas “masas iletradas”. La experiencia prueba que es más bien la llamada “intelectualidad” la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo, sino que se topa con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.

Para terminar: hasta ahora solo me he referido a las guerras entre naciones, a lo que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, pero en nuestros días a factores sociales; o, también, en la persecución de las minorías raciales). No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de tornar imposibles todos los conflictos armados.
Sé que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.
 Muy atentamente, Albert Einstein.”

Viena, septiembre de 1932.
“Estimado señor Einstein:
Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a cambiar ideas sobre un tema que ocupaba su interés y que también le parecía ser digno del ajeno, manifesté complacido mi aprobación. Sin embargo, esperaba que usted elegiría un problema próximo a los límites de nuestro actual conocimiento, un problema ante el que cada uno de nosotros, el físico como el psicólogo, pudiera labrarse un acceso especial, de modo que, acudiendo de distintas procedencias, se encontrasen en un mismo terreno. En tal expectativa, me sorprendió su pregunta: ¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra? Al principio quedé asustado bajo la impresión de mi –casi hubiera dicho: “de nuestra”– incompetencia, pues aquella parecíame una terca práctica que corresponde a los hombres de Estado. Pero luego comprendí que usted no planteaba la pregunta en tanto que investigador de la naturaleza y físico, sino como amigo de la Humanidad, respondiendo a la invitación de la Liga de las Naciones, a la manera de Fridtjof Nansen, el explorador del Ártico que tomó a su cargo la asistencia de las masas hambrientas y de las víctimas refugiadas de la Guerra Mundial. Además, reflexioné que no se me pedía la formulación de propuestas prácticas, sino que solo había de bosquejar cómo se presenta a la consideración psicológica el problema de prevenir las guerras.
Pero usted en su misiva ha expresado ya casi todo lo que podría decir al respecto. En cierta manera, usted me ha sacado el viento de las velas, pero de buen grado navegaré en su estela y me limitaré a confirmar cuanto usted enuncia, tratando de explayarlo según mi mejor ciencia o presunción.
Comienza usted con la relación entre el derecho y el poder: he aquí, por cierto, el punto de partida más adecuado para nuestra investigación. ¿Puedo sustituir la palabra “poder” por el término, más rotundo y más duro, “fuerza”? Derecho y fuerza son hoy, para nosotros, antagónicos, pero no es difícil demostrar que el primero surgió de la segunda, y retrocediendo hasta los orígenes arcaicos de la Humanidad para observar cómo se produjo este fenómeno, la solución del enigma se nos presenta sin esfuerzo. No obstante, perdóneme usted si en lo que sigue paso revista, como si fuesen novedades, a cosas conocidas y admitidas por todo el mundo: el hilo de mi exposición me obliga a ello.
De modo que, en principio, los conflictos de intereses entre los hombres son solucionados mediante el recurso de la fuerza. Así sucede en todo el reino animal, del cual el hombre no habría de excluirse, pero en el caso de este se agregan también conflictos de opiniones que alcanzan hasta las mayores alturas de la abstracción y que parecerían requerir otros recursos para su solución. En todo caso, esto solo es una complicación relativamente reciente. Al principio, en la pequeña horda humana, la mayor fuerza muscular era la que decidía a quién debía pertenecer alguna cosa o la voluntad de quién debía llevarse a cabo. Al poco tiempo la fuerza muscular fue reforzada y sustituida por el empleo de herramientas: triunfó aquel que poseía las mejores armas o que sabía emplearlas con mayor habilidad. Con la adopción de las armas, la superioridad intelectual ya comienza a ocupar la plaza de la fuerza muscular bruta, pero el objetivo final de la lucha sigue siendo el mismo: por el daño que se le inflige o por la aniquilación de sus fuerzas, una de las partes contendientes ha de ser obligada a abandonar sus pretensiones o su oposición. Este objetivo se alcanza en forma más completa cuando la fuerza del enemigo queda definitivamente eliminada, es decir, cuando se lo mata. Tal resultado ofrece la doble ventaja de que el enemigo no puede iniciar de nuevo su oposición y de que el destino sufrido sirve como escarmiento, desanimando a otros que pretendan seguir su ejemplo. Finalmente, la muerte del enemigo satisface una tendencia instintiva que habré de mencionar más adelante. En un momento dado, al propósito homicida se opone la consideración de que respetando la vida del enemigo, pero manteniéndolo atemorizado, podría empleárselo para realizar servicios útiles. Así, la fuerza, en lugar de matarlo, se limita a subyugarlo. Este es el origen del respeto por la vida del enemigo, pero desde ese momento el vencedor hubo de contar con los deseos latentes de venganza que abrigaban los vencidos, de modo que perdió una parte de su propia seguridad.
Por consiguiente, esta es la situación original: domina el mayor poderío, la fuerza bruta o intelectualmente fundamentada. Sabemos que este régimen se modificó gradualmente en el curso de la evolución, que algún camino condujo de la fuerza al derecho; pero, ¿cuál fue este camino? Yo creo que solo pudo ser uno: el que pasa por el reconocimiento de que la fuerza mayor de un individuo puede ser compensada por la asociación de varios más débiles. L'union fait la force. La violencia es vencida por la unión; el poderío de los unidos representa ahora el derecho, en oposición a la fuerza del individuo aislado. Vemos, pues, que el derecho no es sino el poderío de una comunidad. Sigue siendo una fuerza dispuesta a dirigirse contra cualquier individuo que se le oponga; recurre a los mismos medios, persigue los mismos fines; en el fondo, la diferencia solo reside en que ya no es el poderío del individuo el que se impone, sino el de un grupo de individuos. Pero es preciso que se cumpla una condición psicológica para que pueda efectuarse este pasaje de la violencia al nuevo derecho: la unidad del grupo ha de ser permanente, duradera. Nada se habría alcanzado si la asociación solo se formara para luchar contra un individuo demasiado poderoso, desmembrándose una vez vencido este. El primero que se sintiera más fuerte trataría nuevamente de dominar mediante su fuerza, y el juego se repetiría sin cesar. La comunidad debe ser conservada permanentemente; debe organizarse, crear preceptos que prevengan las temidas insubordinaciones; debe designar organismos que vigilen el cumplimiento de los preceptos –leyes– y ha de tomar a su cargo la ejecución de los actos de fuerza legales. Cuando los miembros de un grupo humano reconocen esta comunidad de intereses aparecen entre ellos vínculos afectivos, sentimientos gregarios que constituyen el verdadero fundamento de su poderío.
Con esto, según creo, ya está dado lo esencial: la superación de la violencia por la cesión del poderío a una unidad más amplia, mantenida por los vínculos afectivos entre sus miembros. Cuanto sucede después no son sino aplicaciones y repeticiones de esta fórmula. El estado de cosas no se complica mientras la comunidad solo conste de cierto número de individuos igualmente fuertes. Las leyes de esta asociación determinan entonces en qué medida cada uno de sus miembros ha de renunciar a la libertad personal de ejercer violentamente su fuerza para que sea posible una segura vida en común. Pero esta situación pacífica solo es concebible teóricamente, pues en la realidad es complicada por el hecho de que desde un principio la comunidad está formada por elementos de poderío dispar, por hombres y mujeres, hijos y padres, y al poco tiempo, a causa de guerras y conquistas, también por vencedores y vencidos que se convierten en amos y esclavos. El derecho de la comunidad se torna entonces en expresión de la desigual distribución del poder entre sus miembros; las leyes serán hechas por y para los dominantes y concederán escasos derechos a los subyugados. Desde ese momento existen en la comunidad dos fuentes de conmoción del derecho, pero que al mismo tiempo lo son también de nuevas legislaciones. Por un lado, algunos de los amos tratarán de eludir las restricciones de vigencia general, es decir, abandonarán el dominio del derecho para volver al dominio de la violencia; por el otro, los oprimidos tenderán constantemente a procurarse mayor poderío y querrán que este fortalecimiento halle eco en el derecho, es decir, que se progrese del derecho desigual al derecho igual para todos. Esta última tendencia será tanto más poderosa si en el ente colectivo se producen realmente desplazamientos de las relaciones de poderío, como acaecen a causa de múltiples factores históricos. En tal caso el derecho puede adaptarse paulatinamente a la nueva distribución del poderío o, lo que es más frecuente, la clase dominante se negará a reconocer esta transformación y se llega a la rebelión, a la guerra civil, es decir, a la supresión transitoria del derecho y a renovadas tentativas violentas que, una vez transcurridas, pueden ceder el lugar a un nuevo orden legal. Aún existe otra fuente de la evolución legal que solo se manifiesta en forma pacífica: se trata del desarrollo cultural de los miembros de la colectividad; pero esta pertenece a un conexo que no habremos de considerar sino más adelante.
Vemos, por consiguiente, que hasta dentro de una misma colectividad no se puede evitar la solución violenta de los conflictos de intereses. Sin embargo, las necesidades y los fines comunes que resultan de la convivencia en el mismo terreno favorecen la terminación rápida de esas luchas, de modo que en estas condiciones aumenta sin cesar la probabilidad de que se recurra a medios pacíficos para resolver los conflictos. Pero una ojeada a la Historia de la Humanidad nos muestra una serie ininterrumpida de conflictos entre una comunidad y otra u otras, entre conglomerados mayores o menores, entre ciudades, comarcas, tribus, pueblos, Estados; conflictos que casi invariablemente fueron decididos por el cotejo bélico de las respectivas fuerzas. Semejantes guerras terminan, ya en el saqueo, ya en el completo sometimiento y en la conquista de una de las partes contendientes. No es lícito juzgar con el mismo criterio todas las guerras de conquista. Algunas, como las de los mogoles y de los turcos, solo llevaron a calamidades; otras, en cambio, a la conversión de la violencia en el derecho, al establecimiento de entes mayores, en cuyo seno quedó eliminada la posibilidad del despliegue de fuerzas, solucionándose los conflictos mediante un nuevo orden legal. Así, las conquistas de los romanos legaron la preciosa pax romana a los pueblos mediterráneos. Las tendencias expansivas de los reyes franceses crearon una Francia pacíficamente unida y próspera. Aunque parezca paradójico, es preciso reconocer que la guerra bien podría ser un recurso apropiado para establecer la anhelada paz “eterna”, ya que es capaz de crear unidades tan grandes que una fuerte potencia alojada en su seno haría imposibles nuevas guerras. Pero en realidad la guerra no sirve para este fin, pues los éxitos de la conquista no suelen ser duraderos; las nuevas unidades generalmente vuelven a desmembrarse a causa de la escasa coherencia entre las partes unidas por la fuerza. Además, hasta ahora la conquista solo pudo crear uniones incompletas, aunque amplias, cuyos conflictos interiores favorecieron aún más las decisiones violentas. Así, todos los esfuerzos bélicos solo llevaron a que la Humanidad trocara numerosas y aun continuadas guerras pequeñas por conflagraciones menos frecuentes, pero tanto más devastadoras.
Aplicando mis reflexiones a las circunstancias actuales, llego al mismo resultado que usted alcanzó por una vía más corta. Solo es posible impedir con seguridad las guerras si los hombres se ponen de acuerdo en establecer un poder central, al cual se le conferiría la solución de todos los conflictos de intereses. Esta formulación involucra, sin duda, dos condiciones: la de que sea creada semejante instancia superior, y la de que se le confiera un poderío suficiente. Cualquiera de las dos, por sí sola, no bastaría. Ahora bien: la Liga de las Naciones fue proyectada como una instancia de esta especie, pero no se realizó la segunda condición: no posee poderío autónomo, y únicamente lo obtendría si los miembros de la nueva unidad, los distintos Estados, se la confiriesen. No hay duda que actualmente son muy escasas las probabilidades de que tal cosa suceda. Con todo, se juzgaría mal a la institución de la Liga de las Naciones si no se reconociera que nos encontramos ante un ensayo pocas veces emprendido en la Historia de la Humanidad y quizá jamás intentado en semejante escala. Se trata de una tentativa para ganar, mediante la invocación de ciertas posiciones ideales, la autoridad –es decir, el poder de influir perentoriamente– que en general se desprende del poderío. Hemos visto que una comunidad humana se mantiene unida merced a dos factores: el imperio de la violencia y los lazos afectivos –técnicamente los llamamos “identificaciones”– que ligan a sus miembros. Desapareciendo uno de aquellos, el otro podrá posiblemente mantener unida a la comunidad. Desde luego, las mencionadas ideas solo poseen trascendencia si expresan importantes intereses comunes a todos los individuos. Cabe preguntarse entonces cuál será su fuerza. La Historia nos enseña que pudieron ejercer, en efecto, considerable influencia. Así, por ejemplo, la idea panhelénica, la consciencia de ser superiores a los bárbaros vecinos, idea tan poderosamente expresada en las anfictionías, en los oráculos y en los juegos festivos, fue suficientemente fuerte como para suavizar las costumbres guerreras de los griegos, pero no alcanzó a impedir los conflictos bélicos entre las unidades del pueblo heleno y, lo que es más, tampoco pudo evitar que una ciudad o confederación de ciudades se aliara con el poderoso enemigo persa en perjuicio de un rival. Análogamente, el sentimiento de la comunidad cristiana, sin duda alguna poderoso, no tuvo fuerza suficiente para impedir que durante el Renacimiento pequeños y grandes Estados cristianos solicitaran en sus guerras mutuas el auxilio del Sultán. Tampoco en nuestra época existe una idea a la cual pudiera atribuirse semejante autoridad unificadora. El hecho de que actualmente los ideales nacionales que dominan a los pueblos conducen a un efecto contrario, es demasiado evidente. Ciertas personas predicen que solo la aplicación general de la ideología bolchevique podría poner fin a la guerra, pero seguramente aún nos encontramos hoy muy alejados de este objetivo, y quizá solo podríamos alcanzarlo a través de una terrible guerra civil. Por consiguiente, parece que la tentativa de sustituir el poderío real por el poderío de las ideas está condenada por el momento al fracaso. Se hace un cálculo errado si no se tiene en cuenta que el derecho fue originalmente fuerza bruta y que aún no puede renunciar al apoyo de la fuerza.
Puedo pasar ahora a glosar otra de sus proposiciones. Usted expresa su asombro por el hecho de que sea tan fácil entusiasmar a los hombres para la guerra, y sospecha que algo, un instinto del odio y de la destrucción, obra en ellos facilitando ese enardecimiento. Una vez más, no puedo sino compartir sin restricciones su opinión. Nosotros creemos en la existencia de semejante instinto, y precisamente durante los últimos años hemos tratado de estudiar sus manifestaciones. Permítame usted que exponga por ello una parte de la teoría de los instintos a la que hemos llegado en el psicoanálisis después de muchos tanteos y vacilaciones. Nosotros aceptamos que los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquellos que tienden a conservar y a unir –los denominamos “eróticos”, completamente en el sentido del Eros del Symposion platónico, o “sexuales”, ampliando deliberadamente el concepto popular de la sexualidad–, o bien son los instintos que tienden a destruir y a matar: los comprendemos en los términos “instintos de agresión” o “de destrucción”. Como usted advierte, no se trata más que de una transfiguración teórica de la antítesis entre el amor y el odio, universalmente conocida y quizá relacionada primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión, que desempeña un papel tan importante en el terreno de su ciencia. Llegados aquí, no nos apresuremos a introducir los conceptos estimativos de “bueno” y “malo”. Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida. Ahora bien: parece que casi nunca puede actuar aisladamente un instinto perteneciente a una de estas especies, pues siempre aparece ligado –como decimos nosotros “fusionado”– con cierto componente originario del otro que modifica su fin y que en ciertas circunstancias es el requisito ineludible para que este fin pueda ser alcanzado. Así, el instinto de conservación, por ejemplo, sin duda es de índole erótica, pero justamente él precisa disponer de la agresión para efectuar su propósito. Análogamente, el instinto del amor objetal necesita un complemento del instinto de posesión para lograr apoderarse de su objeto. La dificultad para aislar en sus manifestaciones ambas clases de instintos es la que durante tanto tiempo nos impidió reconocer su existencia.
Si usted está dispuesto a acompañarme otro trecho en mi camino, se enterará de que los actos humanos aún presentan otra complicación de índole distinta a la anterior. Es sumamente raro que un acto sea obra de una única tendencia instintiva, que por otra parte ya debe estar constituida en sí misma por Eros y destrucción. Por el contrario, generalmente es preciso que coincidan varios motivos de estructura análoga para que la acción sea posible. Uno de sus colegas de usted, un cierto profesor G. Ch. Lichtenberg, que en los tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Göttingen, ya lo sabía, quizá porque era aún más eximio psicólogo que físico. Inventó la “rosa de los móviles”, al escribir: “Los móviles de los actos humanos pueden disponerse como los 32 rumbos de la rosa náutica, y sus nombres se forman de manera análoga; por ejemplo: “pan-pan-gloria, o gloria-gloria-pan”. Por consiguiente, cuando los hombres son incitados a la guerra habrá en ellos gran número de motivos –nobles o bajos, de aquellos que se suele ocultar y de aquellos que no hay reparo en expresar– que responderán afirmativamente; pero no nos proponemos revelarlos todos aquí. Seguramente se encuentra entre ellos el placer de la agresión y de la destrucción: innumerables crueldades de la Historia y de la vida diaria destacan su existencia y su poderío. La fusión de estas tendencias destructivas con otras eróticas e ideales facilita, naturalmente, su satisfacción. A veces, cuando oímos hablar de los horrores de la Historia, nos parece que las motivaciones ideales solo sirvieron de pretexto para los afanes destructivos; en otras ocasiones, por ejemplo frente a las crueldades de la Santa Inquisición, opinamos que los motivos ideales han predominado en la consciencia, suministrándoles los destructivos un refuerzo inconsciente. Ambos mecanismos son posibles.
Temo abusar de su interés, embargado por la prevención de la guerra y no por nuestras teorías. Con todo, quisiera detenerme un instante más en nuestro instinto de destrucción, cuya popularidad de ningún modo corre pareja con su importancia. Sucede que mediante cierto despliegue de especulación hemos llegado a concebir que este instinto obra en todo ser viviente, ocasionando la tendencia de llevarlo a su desintegración, de reducir la vida al estado de la materia inanimada. Merece, pues, en todo sentido la designación de instinto de muerte, mientras que los instintos eróticos representan las tendencias hacia la vida. El instinto de muerte se torna instinto de destrucción cuando, con la ayuda de órganos especiales, es dirigido hacia afuera, hacia los objetos. El ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena. Pero una parte del instinto de muerte se mantiene activa en el interior del ser; hemos tratado de explicar gran número de fenómenos normales y patológicos mediante esta interiorización del instinto de destrucción. Hasta hemos cometido la herejía de atribuir el origen de nuestra conciencia moral a tal orientación interior de la agresión. Como usted advierte, el hecho de que este proceso adquiera excesiva magnitud es motivo para preocuparnos; sería directamente nocivo para la salud, mientras que la orientación de dichas energías instintivas hacia la destrucción en el mundo exterior alivia al ser viviente, debe producirle un beneficio. Sirva esto como excusa biológica de todas las tendencias malignas y peligrosas contra las cuales luchamos. No dejemos de reconocer que son más afines a la Naturaleza que nuestra resistencia contra ellas, la cual por otra parte también es preciso explicar. Quizá haya adquirido usted la impresión de que nuestras teorías forman una suerte de mitología, y si así fuese, ni siquiera sería una mitología grata. Pero, ¿acaso no se orientan todas las ciencias de la Naturaleza hacia una mitología de esta clase? ¿Acaso se encuentra usted hoy en la física en distinta situación?
De lo que antecede derivamos para nuestros fines inmediatos la conclusión de que serán inútiles los propósitos para eliminar las tendencias agresivas del hombre. Dicen que en regiones muy felices de la Tierra, donde la Naturaleza ofrece pródigamente cuanto el hombre necesita para su subsistencia, existen pueblos cuya vida transcurre pacíficamente, entre los cuales se desconoce la fuerza y la agresión. Apenas puedo creerlo, y me gustaría averiguar algo más sobre esos seres dichosos. También los bolcheviques esperan que podrán eliminar la agresión humana asegurando la satisfacción de las necesidades materiales y estableciendo la igualdad entre los miembros de la comunidad. Yo creo que eso es una ilusión. Por ahora están concienzudamente armados y mantienen unidos a sus partidarios, en medida no escasa, por el odio contra todos los ajenos. Por otra parte, como usted mismo advierte, no se trata de eliminar del todo las tendencias agresivas humanas; se puede intentar desviarlas, al punto que no necesiten buscar su expresión en la guerra.
Partiendo de nuestra mitológica teoría de los instintos, hallamos fácilmente una fórmula que contenga los medios indirectos para combatir la guerra. Si la disposición a la guerra es un producto del instinto de destrucción, lo más fácil será apelar al antagonista de ese instinto: al Eros. Todo lo que establezca vínculos afectivos entre los hombres debe actuar contra la guerra. Estos vínculos pueden ser de dos clases. Primero, los lazos análogos a los que nos ligan a los objetos del amor, aunque desprovistos de fines sexuales. El psicoanálisis no precisa avergonzarse de hablar aquí de amor, pues la religión dice también “ama al prójimo como a ti mismo”. Esto es fácil exigirlo, pero difícil cumplirlo. La otra forma de vinculación afectiva es la que se realiza por identificación. Cuando establece importantes elementos comunes entre los hombres, despierta tales sentimientos de comunidad, identificaciones. Sobre ellas se funda en gran parte la estructura de la sociedad humana.
Usted se lamenta de los abusos de la autoridad, y eso me suministra una segunda indicación para la lucha indirecta contra la tendencia a la guerra. El hecho de que los hombres se dividan en dirigentes y dirigidos es una expresión de su desigualdad innata e irremediable. Los subordinados forman la inmensa mayoría, necesitan una autoridad que adopte para ellos las decisiones, a las cuales en general se someten incondicionalmente. Debería añadirse aquí que es preciso poner mayor empeño en educar una capa superior de hombres dotados de pensamiento independiente, inaccesibles a la intimidación, que breguen por la verdad y a los cuales corresponda la dirección de las masas dependientes. No es preciso demostrar que los abusos de los poderes del Estado y la censura del pensamiento por la Iglesia, de ningún modo pueden favorecer esta educación. La situación ideal sería, naturalmente, la de una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa podría llevar a una unidad tan completa y resistente de los hombres, aunque se renunciara a los lazos afectivos entre ellos. Pero con toda probabilidad esto es una esperanza utópica. Los restantes caminos para evitar indirectamente la guerra son por cierto más accesibles, pero en cambio no prometen un resultado inmediato. Es difícil pensar en molinos que muelen tan despacio que uno se moriría de hambre antes de tener harina.
Como usted ve, no es mucho lo que se logra cuando, tratándose de una tarea práctica y urgente, se acude al teórico alejado del mundo. Será mejor que en cada caso particular se trate de enfrentar el peligro con los recursos de que se disponga en el momento; pero aún quisiera referirme a una cuestión que usted no plantea en su escrito y que me interesa particularmente. ¿Por qué nos indignamos tanto contra la guerra, usted, y yo, y tantos otros? ¿Por qué no la aceptamos como una más entre las muchas dolorosas miserias de la vida? Parece natural; biológicamente bien fundada; prácticamente casi inevitable. No se indigne usted por mi pregunta, pues tratándose de una investigación seguramente se puede adoptar la máscara de una superioridad que en realidad no se posee. La respuesta será que todo hombre tiene derecho a su propia vida; que la guerra destruye vidas humanas llenas de esperanzas; coloca al individuo en situaciones denigrantes; lo obliga a matar a otros, cosa que no quiere hacer; destruye costosos valores materiales, productos del trabajo humano, y mucho más. Además, la guerra en su forma actual ya no ofrece oportunidad para cumplir el antiguo ideal heroico y una guerra futura implicaría la eliminación de uno o quizá de ambos enemigos debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción. Todo eso es verdad y parece tan innegable que uno se asombra al observar que las guerras aún no han sido condenadas por el consejo general de todos los hombres. Sin embargo, es posible discutir algunos de estos puntos. Se podría preguntar si la comunidad no tiene también un derecho a la vida del individuo; además, no se pueden condenar todas las clases de guerras en igual medida; finalmente, mientras existan Estados y naciones que estén dispuestos a la destrucción inescrupulosa de otros, estos otros deberán estar preparados para la guerra. Pero dejaré rápidamente estos temas, pues no es esta la discusión a la cual usted me ha invitado. Quiero dirigirme a otra meta: creo que la causa principal por la que nos alzamos contra la guerra es la de que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque por razones orgánicas debemos serlo. Entonces nos resulta fácil fundar nuestra posición sobre argumentos intelectuales.
Esto seguramente no es comprensible sin una explicación. Yo creo lo siguiente: desde tiempos inmemoriales se desarrolla en la Humanidad el proceso de la evolución cultural. (Yo sé que otros prefieren denominarlo: “civilización”). A este proceso debemos lo mejor que hemos alcanzado, y también buena parte de lo que ocasiona nuestros sufrimientos. Sus causas y sus orígenes son inciertos; su solución, dudosa; algunos de sus rasgos, fácilmente apreciables. Quizá lleve a la desaparición de la especie humana, pues inhibe la función sexual en más de un sentido, y ya hoy las razas incultas y las capas atrasadas de la población se reproducen más rápidamente que las de cultura elevada. Quizá este proceso sea comparable a la domesticación de ciertas especies animales. Sin duda trae consigo modificaciones orgánicas, pero aún no podemos familiarizarnos con la idea de que esta evolución cultural sea un proceso orgánico. Las modificaciones psíquicas que acompañan la evolución cultural son notables e inequívocas. Consisten en un progresivo desplazamiento de los fines instintivos y en una creciente limitación de las tendencias instintivas. Sensaciones que eran placenteras para nuestros antepasados son indiferentes o aun desagradables para nosotros; el hecho de que nuestras exigencias ideales éticas y estéticas se hayan modificado tiene un fundamento orgánico. Entre los caracteres psicológicos de la cultura, dos parecen ser los más importantes: el fortalecimiento del intelecto, que comienza a dominar la vida instintiva, y la interiorización de las tendencias agresivas, con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas. Ahora bien: las actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso de la cultura son negadas por la guerra en la más violenta forma y por eso nos alzamos contra la guerra: simplemente, no la soportamos más, y no se trata aquí de una aversión intelectual y afectiva, sino que en nosotros, los pacifistas, se agita una intolerancia constitucional, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada al máximo. Y parecería que el rebajamiento estético implícito en la guerra contribuye a nuestra rebelión en grado no menor que sus crueldades.
¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas? Es difícil decirlo, pero quizá no sea una esperanza utópica la de que la influencia de estos dos factores –la actitud cultural y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura– pongan fin a los conflictos bélicos en el curso de un plazo limitado. Nos es imposible adivinar a través de qué caminos o rodeos se logrará este fin. Por ahora solo podemos decirnos: todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra.
Lo saludo cordialmente y le ruego me perdone si mi exposición lo ha defraudado. Suyo. Sigmund Freud”.


Notas personales: Cuando en esta traducción nos habla de “instinto” la consideración es de “pulsión”. Existen teorizaciones fundamentales en los conceptos de estos términos. Solo pongo la referencia y abro a la indagación.  


sábado, 8 de noviembre de 2014

La Mujer Elisabeth Roudinesco

Hablar de Elisabeth Roudinesco se ha vuelto para mí un referente de estética narrativa. Los textos en los que he logrado sumergirme emanan un continuo entretejido de cuestiones que los psicoanalistas han estado envueltos desde sus orígenes: el ser humano. Y justamente ahí, en la palabra del Otro, es desde donde surge un humano. Este documental sobre su vida y obras, realmente resultan inspirador. Un compromiso continuo con su creación: eso hace volar.  


sábado, 20 de septiembre de 2014

Lo que hacemos

 Nicola Samorì, Jungle, huile sur bois, 40x30x5 cm, 2013
Extraído de: http://www.boumbang.com/nicola-samori/

"La experiencia que tenemos de nuestras vidas desde dentro, la historia que nos contamos a nosotros mismos para justificar lo que estamos haciendo es, por ello, una mentira; la verdad se encuentra, por el contrario, en el exterior, en lo que hacemos." 

Primero como tragedia, después como farsa, S. Zizek

lunes, 4 de agosto de 2014

Borges y la predicción clasificatoria

Obra de Josef Hofer

Borges es un genio. Una frase que me queda fijada en la existencia, abierta a las contingentes formas de relación con el discurso de los otros. Digamos que así se nos clasifica a manera de animales. 

Esto es una predicción de los manuales para clasificar anormales...


"... los animales se dividen en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas."
El idioma analítico de John Wilkins de Jorge Luis Borges

domingo, 27 de julio de 2014

Slavoj Zizek

Un amigo del alma me anunció lo siguiente frente a una imagen de un pensador: "Tiene cara de fiera intelectual". Les dejo la foto de este sujeto que ahora me está cautivando desde la política y el psicoanálisis. ¡Salud!


domingo, 20 de julio de 2014

Las soluciones actuales del sujeto

Galería de la artista en: http://www.boumbang.com/carlotta-saracco/

"Frente a esta multiforme manifestación de la caída del sujeto privado de puntos de referencia simbólica, se ofrecen, al mismo tiempo, infinidad de “soluciones” que se promueven con amplio
despliegue publicitario. 
El sujeto es invitado y conminado a identificarse con reivindicaciones fundamentalistas, a adherir a cultos centrados en alguna particularidad (andar en moto, comer como vegetariano, pertenecer a una minoría sexual, escuchar una música peculiar, etc.), a pertenecer a sectas esotéricas o a integrarse desganadamente en corporaciones gobernadas por
computadoras cumpliendo con tareas burocráticas, evaluando y siendo evaluado sin pausa por medio de criterios “objetivos”."

Néstor Braunstein

sábado, 19 de julio de 2014

Atravesando el goce de Dios

Crucifixión de Salvador Dalí  (1954)

"Cuando la gente se ocupaba del goce de Dios se hacían sacrificios para satisfacerlo. Hoy en día ya no hacemos este tipo de sacrificios, hacemos ciencia, finalmente imaginamos que Dios nos pide saber. El resultado es que ya no se hacen sacrificios humanos pero, de un modo diferente, la humanidad entera se sacrifica a la ciencia

Jacques-Alain Miller 

martes, 1 de julio de 2014

¿Qué dice el psicoanálisis de la familia?

Buscando referencias sobre el concepto de familia en psicoanálisis me topé con este escrito de la psicoanalista Piedad Ortega de Spurrier. Muy esclarecedor, les comparto y adjunto el link:





La familia tal como la entendemos hoy es un concepto moderno que se produce con el nacimiento de la subjetividad moderna y la aparición de la institución del matrimonio o sus equivalentes, como un acto de libre elección.
Esta libre elección dio lugar al nacimiento del sentimiento de privacidad que se vio favorecido con los avances técnicos y económicos desde la segunda mitad del siglo XIX.
Actualmente esa privacidad se ha expandido; ya no se ubica entre la vida de la familia en relación a la comunidad sino a la de los sujetos dentro de su propia familia. Esta reivindicación de lo particular e íntimo frente al grupo inmediato marca una revolución de las formas familiares actuales al punto que hoy aparece como forma común de estructuración familiar, la forma monoparental y otro tipo de recomposiciones, a partir de los adelantos de la genética.
Sea cual fuere la forma que tome la familia actual y las funciones que hoy le toque realizar (crianza, reproducción, socialización) para los psicoanalistas se sostiene que lo que resulta esencial en la función de la familia es "lo irreductible de la transmisión de un deseo que no sea anónimo" y su incidencia en la transformación de un organismo vivo en un sujeto humano. Así siguiendo a Lacan en su artículo "Nota sobre el niño" adjudica a las funciones particulares un valor más allá de las meras satisfacciones vitales. No se trata entonces del registro de los cuidados ni del ideal de una madre "todo amor", sino más bien de una madre equipada de una falta, de una marca significante, donde el horizonte de una decepción es la que justamente produce una estructura.
Para el Psicoanálisis la familia ideal no existe, menos aún la familia natural puesto que tanto la maternidad como la paternidad son del orden del significante. Si la familia es sólida es justamente porque está engendrada por un símbolo que es a su vez su vehículo. Así de lo que se trata fundamentalmente es de hacer al viviente un sujeto del deseo, darle un lugar simbólico, un lazo de parentesco, una posición en las generaciones y una identidad civil.
Podemos apreciar que la familia es el lugar de constitución subjetiva transmitida y que esa transmisión se ve cuestionada cuando interroga en primera instancia al deseo de los padres tomando el niño en valor del síntoma que divide a los padres y les crea una angustia que los precipita a la consulta.
O bien en las instituciones que acogen o educan al niño aconsejan a los padres la consulta con el analista, entonces el niño se constituye también en un síntoma para la institución.
De cualquier manera, el síntoma del niño pone en peligro la homeóstasis de ese sistema familiar interrogando a ese discurso en el que éste se halla inmerso, o el de las instituciones que lo acogen.
En las situaciones actuales, los niños y adolescentes pasan mucho tiempo solos, sin mayores oportunidades para establecer intercambios simbólicos con los mayores que les permitan sostenerse cuando afrontan dilemas en sus existencias.
A falta de figuras que hagan de guía y de autoridad, desde muy temprano se demanda al niño y al adolescente: madurez, independencia y responsabilidad. Así es común escuchar decir a padres de niños de 11 años, al entrar a la secundaria, que deben de manejarse solos porque ya están grandes.
Se confunde así la independencia física con la independencia emocional, y desaparece así el referente simbólico que permite estructurar la vida de un niño que empieza a encarar los enigmas de la sexualidad y los de la inscripción social: un púber o un adolescente depende de un adulto, no para sobrevivir sino en cuanto a la escucha, el respeto, las normas y el afecto que permitan una forma de transmisión esencial en el contexto de lo humano.
Otra expectativa importante es la generada por la prolongada etapa de escolaridad que mantiene a la generación actual improductiva económicamente por muchos años. Los costos de la educación se convierten en una inversión considerable, de tal forma que la retribución que se espera es aún mayor. Y si a esto se une el hecho de que las familias actuales son más cortas y la percepción de que menos hijos tengan que realizar el futuro de sus padres es también mayor. Cuando las familias son más numerosas la dispersión de los vínculos entre los miembros es más amplia de tal forma que los conflictos entre los miembros no se cristalizan tanto.
Así, asistimos hoy a un hecho muy singular: la población joven se convierte cada vez más en un "bien escaso y caro" que se pretende, brinde todo tipo de satisfacciones.
Estas características comunes en los núcleos familiares de hoy, son productoras de una serie de síntomas en los niños y adolescentes en el intento de responder a lo que a cada cual le resulta imposible de tolerar.

Las instituciones educativas
A las instituciones educativas les toca recibir a estos niños y jóvenes advenidos en estas nuevas modalidades de relación. Los maestros manifiestan sus dificultades para dar una instrucción adecuada, allí donde en frecuentes ocasiones hace falta inscribir un universo de normas y respeto esenciales en el acto docente. A estos les toca así crear nuevas formas de abordaje a la cuestión educativa en donde su función tiene que variar.
Usualmente se piensa que los problemas escolares son producto de sistemas didácticos inadecuados. Nuevas formas de enseñar y adelantos tecnológicos aparecen para responder a la preocupación por el inmenso número de fracasos escolares. La medicina se une al intento, desde la genética y la farmacología al problema de una "infancia insana".
Y el maestro abarrotado de actividades y de imperativos sociales puede fácilmente rechazar su función y las instituciones educativas pueden no admitir a estos niños y adolescentes que presentan dificultades, porque se alejan de los perfiles ideales de habilidades y destrezas.
Las consecuencias no se hacen esperar: largas filas de niños y jóvenes con problemas de aprendizaje, ADD, problemas de conducta etc., son enviados donde los "Psi" para su reeducación y aquellos identificados al nombre de su dificultad, no le es posible esclarecer lo que no marcha en sus existencias.
Curiosa paradoja: a mayor adelanto de los sistemas pedagógicos, mayor número de niños y adolescentes que engrosan las filas de los inadaptados. Ante los limitados referentes simbólicos para los niños y adolescentes de hoy, se les delega una libertad y una responsabilidad sin que hayan hecho un ejercicio de ellas. Estos referentes son posibles cuando en los actos de sus vidas han recibido el apoyo de adultos que, habiéndoles permitido ciertos riesgos, estuvieron listos a dar una acogida a los interrogantes que toda acción pueda generar. Así se crean, tanto sistemas de valores como leyes de intercambio social, estableciéndose limites comunes en la sociedad; formas de iniciar pactos que hacen susceptibles los procesos del aprendizaje.

El niño segregado: un síntoma actual
Quiero situar los problemas que afrontamos desde el psicoanálisis en torno a la pedagogía hoy, en lo que se refiere a los síntomas escolares. La segregación es el problema más importante de nuestra época, producto de la relación entre el avance de la ciencia y las consecuencias en las estructuras sociales a causa de su progreso que hace de ella el amo moderno que dispone de un "modo de ser" y de producir "tipo" en donde las particularidades de cada uno y las de su grupo étnico o social desaparecen. La ciencia se propone como un ideal la producción de sujetos idénticos y transparentes cuyas elecciones están predeterminadas para evitar las sorpresas, los misterios, las angustias y las fallas. De esta forma, ya no hay cabida para el deseo. El sujeto pierde su estatuto de ser hablante para caer en el estatuto de objeto de manipulación por parte del mercado, homologable a cualquier objeto producido por la tecnología. Un "Para todos un mismo goce" es equivalente a plantear que estamos ante "el niño generalizado". Cualquiera que se salga de esos parámetros es segregado y en el caso de los "niños problemas", terminan separados del resto y fácilmente enviados a "escuelas especiales" y programas especiales y quién sabe, al consultorio del psicoanalista.
Es un hecho que en la actualidad en la medida que los sistemas escolares se han vuelto más exigentes, con la producción de todo tipo de evaluaciones estandarizadas en otras latitudes e impuestas bajo la égida de la globalización hacen parecer como "fracasados" a muchos niños y adolescentes que en sus entornos particulares, se muestran dispuestos e inventivos y para quienes la escuela es una camisa de fuerza que impide la utilización de sus caudales de originalidad y creación.
Pero ese no es un problema actual aunque las coordenadas que apreciamos en esta época hacen más evidentes las dificultades de una de las prácticas que Freud llamó imposibles: educar. Desde luego que la promesa educativa ha cambiado con la época, pero lo que cabe resaltar en este ámbito, desde la perspectiva del Psicoanálisis, es que si la educación promete éxito y el bien, de entrada ya es un poco mentirosa, porque para que el sujeto acepte ser educado debe de estar mortificado por los significantes que le fueron dichos y por las cosas imposibles a decir, que no pueden ser simbolizadas y que no ceden a la lógica de las asignaturas o de los planes de estudios. Entonces, la oferta educativa está construida sobre un decir o promesa que no puede sostenerse en su totalidad y es en ese punto de fuga, punto de real donde se alojan los síntomas de los niños, los maestros y la institución escolar.
Si los síntomas de los niños de antaño se los vinculaba a las medidas coercitivas y disciplinarias o sea al campo de la represión, en la actualidad y con la puesta a punto del imperativo "todos a gozar", o un "mundo sin límites", nos encontramos con niños con cuerpos desregularizados, como ADHD o trastornos de lenguaje cuando los niños rechazan su proceso de inserción en el lenguaje. Con esos nombres se circunscribe la angustia que se genera por las condiciones que subyacen a la dificultad y los niños y adolescentes rápidamente son terapizados y medicalizados y lo que es peor, pronosticados en general, con algún destino que signa un futuro de exclusión.
Pero no olvidemos que, al ser los niños los "diagnosticados", la institución educativa queda salvaguardada sin preguntarse si a lo mejor sus propuestas deben de ser mejor pensadas a la luz de los deseos de los educandos que se encuentran atravesados por las nuevas condiciones de la modernidad, que marca ritmos diferentes de actividad. El actual es un mundo rápido que requiere que los niños coman rápido (fast food), duerman rápido (sin cuentos y conversaciones), digan rápido lo que les pasa (la famosa calidad de tiempo) y luego se les pide que se sometan a los tiempos lentos y reposados de las ocho horas de clase.
Los nuevos diagnósticos hacen pensar al cuerpo exclusivamente como un conjunto de órganos. Para el psicoanálisis, esto es el origen de un malentendido: un niño puede desplazarse por el aula y puede estar escuchando perfectamente al maestro, otro puede estar sentado en silencio y mantenerse "en la luna". Freud fue el primero en preguntar qué sentido podía tener un síntoma para un sujeto. Lacan enfatizó cómo el goce desregulado del cuerpo podía, por la asunción de una imagen, producir una unidad de percepción desde donde una realidad puede ser percibida, habitada y elaborada.
Se trata de la posibilidad de hacer pasar al organismo vivo al campo del goce a través de la significación del Otro, que a su vez cobra un valor sincopado en tanto el otro que lo representa, aparece y desaparece. ¿Estamos seguros que esta acogida hecha de caricias y palabras que vivifican el cuerpo del niño, por la forma en que cada uno de los adultos que se encargan de producirla a consecuencia de su deseo que, como dice Lacan no es anónimo, no empieza a dejar de existir por la ausencia de una comunidad de vida, despedazada por la rapidez homogénea y violenta de lo contemporáneo?
ero frente a estas coordenadas, la ética del psicoanálisis no retrocede, porque implica hacer surgir y responder a la singularidad del uno por uno de los seres hablantes. Aún cuando sabemos que el ser hablante, se constituye en relación con normas o sea, los significantes amos (S1) que toman el valor de los ideales de los que sirve el sujeto para alojarse en el lazo social. Así se produce un "mal necesario". Sin embargo, el ser hablante tiene que desprenderse del valor de goce que esos significantes amos conllevan, esto es, su valor super-yoico, para no quedar aplastado en su singularidad y para esto, el Psicoanálisis se ofrece a producir esa experiencia. También la pedagogía puede permitir una cierta originalidad, permite sostenerla.
Sin lugar a dudas pareciera que los destellos de la cibernética pueden lucir más atractivas y excitantes que las opacidades o mejor dicho el claroscuro de las relaciones maestro-alumno. ¿Qué posibilidades para el maestro, hoy?
Es posible que el maestro pueda liderar un proceso de transmisión educativa que incentive el proceso de autonomía de los sujetos vinculada a favorecer el proceso de la toma de decisiones para la vida, porque aun hoy, es fundamental responder a la necesidad de saber orientarse en un mundo de transformación.

* Psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, miembro de la NEL Guayaquil.
Bibliografía
  • Boureneu Mariane, Beauvais Anne–Marie y otros, 2001, "Laboratorio: la apuesta de la conversación", en Memorias de la Jornada del Centro Interdisciplinario de estudios sobre el niño (CIEN), Buenos Aires.
  • Lacan, Jacques; "La Familia". Editorial Argonauta.
  • Idem; "Televisión" Pág. 39 Editorial Anagrama, Barcelona, 1977
  • Laurent, Eric; Entrevista "La nueva mirada social de Lacan" Publicación virtualEmerolica, 2005
  • Spurrier Piedad; "El niño sus síntomas y el Psicoanálisis", seminario inédito, Bogotá Colombia, 2000

martes, 24 de junio de 2014

Un significante... un sujeto

La fuente,1917, Marcel Duchamp

“… un significante es lo que representa 
un sujeto para otro significante” 

Jacques Lacan, Seminario 11

viernes, 13 de junio de 2014

La utopía de la abstinencia

"En general, tengo la impresión de que la abstinencia no contribuye a formar hombres de acción, enérgicos e independientes, ni pensadores originales o valerosos reformadores, sino más bien honradas medianías que se sumergen luego en la gran masa, acostumbrada a seguir, con cierta resistencia, los impulsos iniciados por individuos enérgicos."
Sigmund Freud en "La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna" 




Parte de una pintura de Salvador Dalí 

domingo, 1 de junio de 2014

Vivo sin vivir en mí

Esta semana durante las clases teorizábamos, desde el psicoanálisis, la imposibilidad de los significantes por aprehender la sexualidad completamente. Existe una fuga de la sexualidad que se la conceptualiza como "otro goce" o "goce femenino". Tal imposibilidad de aquello que no se captura con las palabras, se lo puede encontrar en la relación de los místicos con lo Divino. 

Ya les había escritos sobre mi admiración altísima hacia Juan de la Cruz, un místico que me inspira a través de sus textos, como si me mostrara la vía de "hacer con la sexualidad"; como si me dijera que la sublimación es posible mediante la pasión hacia lo Trascendente. 

No lo sé... aquí dejo una parte de su poema Vivo sin vivir en mí. En el video está el poema cantado por Amancio Prada 


En mí yo no vivo ya,

y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero


jueves, 29 de mayo de 2014

Los posibles encuentros: Hitler y Freud

Relojes Blandos o La Perseverancia de la Memoria / Salvador Dalí, 1931 

Me encontré con esta columna en diario El Universo hace algunos días, se titula Hitler y Freud escrita por Iván Sandoval Carrión. Realmente me deja sin palabras: 

Una investigación reciente, realizada por el escritor británico Laurence Marks y su compatriota el psicoanalista John Forrester, erudito en la vida y obra de Sigmund Freud y traductor de Jacques Lacan al inglés, indica que Freud sugirió la internación para diagnóstico y tratamiento de Adolf Hitler en una institución para niños con problemas nerviosos cuando el pequeño tenía 6 años de edad. En 1895, el padre del psicoanálisis todavía no era conocido por su descubrimiento, y más bien tenía un merecido prestigio en Viena como neurólogo y especialista en parálisis cerebral infantil. Al parecer, la madre del pequeño Adolf lo llevó donde Ernest Bloch, el médico de la familia, porque el niño sufría severos trastornos de conducta y pavores nocturnos.
Bloch, un médico judío de provincias, consultó al profesor Freud de Viena y obtuvo esa recomendación. Alois, el padre de Hitler, desestimó la sugerencia y más bien prosiguió su trato violento y humillante hacia su hijo, en contra de Klara, su madre que lo sobreprotegía. Adolf creció con un odio secreto hacia el padre, que se prolongó hasta después de que este murió. ¿Qué hubiera pasado si se hubiese acogido la opinión de Freud? ¿Acaso se hubiera evitado el Holocausto? No necesariamente, y es ocioso imaginarlo. Más bien podemos meditar en lo que sí sabemos: que en la vida de personajes como Hitler, Stalin, Mussolini, Franco y otros se halla frecuentemente una relación mala o inexistente con un padre brutal o insignificante, y una madre victimizada e idealizada que sobrevalora a su hijo y lo usa contra el padre.
En estos casos, la encarnación del progenitor como función paterna que representa la ley fracasa. En su lugar surge la construcción del Estado fascista o totalitario como poder absoluto, y este suplanta a la ley como aquello que rige la vida de los ciudadanos. Si Alois Hitler, funcionario aduanero, quería que su hijo hiciera carrera como empleado público, Adolf repudia el deseo de su padre y más bien erige el totalitarismo logrado, donde el Estado lo incluye todo y donde no hay ciudadano que no sea empleado público. La lógica del proyecto hitleriano, el “Tercer Reich que debía durar mil años”, lo aproxima a la de un delirio psicótico. ¿Cómo es posible que una fantasía de ese tipo se haya puesto en acto y haya sido compartida por millones de ciudadanos alemanes hace casi 80 años?
Una hipótesis para entender algo de lo que pasó en Alemania y en otros lugares, y de lo que sigue ocurriendo en países como Corea del Norte, podemos encontrarla en un escrito freudiano fundamental: Psicología de las masas y análisis del yo. Si los libros de Sigmund Freud fueron quemados públicamente por los nazis en 1938, no es tanto por el hecho de que él era judío, sino por las ideas contenidas en sus textos. El discurso del psicoanálisis se ubica al reverso del discurso del amo, y el totalitarismo es la versión delirante y a veces lograda del discurso del amo. Quizás por ello, los fascismos, totalitarismos y despotismos siempre desestiman y persiguen al psicoanálisis, y prefieren el apoyo de teorías más “neurocientíficas” como justificación de sus proyectos.
Por: Iván Sandoval Carrión
Link: http://www.eluniverso.com/opinion/2014/05/27/nota/3019986/hitler-freud

jueves, 15 de mayo de 2014

Hablando de máscaras y otras verdades del Yo

Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil), Salvador Dalí, 1936

En estos días me encuentro sumergido en El Estadio del Espejo que trabaja Lacan para darnos cuenta de la formación del famoso Yo. Hace unos días les compartí el texto íntegro que se encuentra en Escritos I del mencionado autor. Como podrán darse cuenta, el Yo constituye una formación imaginaria en la estructura psíquica del sujeto, es decir, se forma una gestalt con la cual el niño/niña captura sus fragmentos, lo cual causa un júbilo enorme (a partir de aquí se explica la violencia, los celos y la envidia en el ser humano).

Es de conocimiento general las famosas frases "su personalidad es así" o "ella/el no tiene personalidad". La palabra deriva del griego prosopon que hace referencia a una máscara, como las que se usan en las representaciones teatrales. Todos tenemos personalidad en la medida que nos disfrazamos para encontrarnos con el otro sin presentarle nuestra falta y, así mismo, el otro se nos muestra con sus mejores trajes, evitando que se observe la gangrena que crece en su interior (estoy siendo ilustrativo).

A propósito de todo esto, recuerdo en mi primer año de universidad, hace ya algunos años, que la profe de narratología nos compartió este texto con la intención de una reflexión similar (no sé si habrá leído Lacan, yo hasta ese entonces, no había construido su existencia). Es el cuento de Esopo, Las dos alforjas


Prometeo al modelar a los hombres les colgó dos alforjas, 
una de defectos ajenos, otra de los propios.
La de los ajenos la puso delante, pero la otra la colgó detrás.
Desde entonces les ocurre a los hombres que de lejos 
ven los defectos ajenos, pero no miran los suyos propios.
Esta fábula podría utilizarse para el varón entrometido que, 
ciego en sus propias cosas, se ocupa de las que no le conciernen

miércoles, 7 de mayo de 2014

La existencia del pansexualismo inexistente

Hace algunos años, cuando comencé a entrar en la obra de Sigmund Freud, recuerdo que los comentarios a mi alrededor afirmaban que su trabajo era pansexualista. A primera vista, por no decir, muy a la ligera, podemos creer que su pensamiento batalla en medio del campo de las gónadas. Por razones de elección profesional, he podido profundizar más en el psicoanálisis y definitivamente, si bien la sexualidad sumerge al ser humano en todas sus relaciones, la misma palabra sexualidad no es sinónimo de pene-vagina ni coito (asociación inmediata cultural).

Leyendo Ciencia y Psicoanálisis (1999) de Ronald Portillo se aclara un poco más el panorama que si el psicoanálisis es pansexualista o no:

"Mucha gente cree que el psicoanálisis es una cogedera eterna, penes entrando dentro de vaginas... como algunos kleinianos han querido creer: penes voladores, vaginas terrestres y ven como aterrizan... qué se yo. No; eso es caer en la perversión de la hermenéutica, en la perversión de la significación. 
¿Qué es lo que plantea el sentido sexual siempre?: que hay relación sexual, que hay rapport sexual. ¿ Qué plantea el psicoanálisis?: que este sentido sexual tiene un límite. Pero, en términos freudianos, ¿qué viene a poner un límite a eso?: ¡la castración! La castración viene a decir: no todo es sexual. No hay un pansexualismo y no hay rapport sexual. Es lo que plantea Lacan, es una lógica indefectible, imparable"

Joven virgen autosodomizada por su propia castidad, 1954. Salvador Dalí

lunes, 21 de abril de 2014

El Padre como síntoma

Comparto este texto tan fecundo que encontré a propósito de los semblantes religiosos de los que somos testigos en estas últimas semanas. En próximas publicaciones hablaré de la importancia del mito en la estructuración psíquica de la civilización humana. 

Por Ronald Portillo
Publicado en: http://www.lacanian.net/Ornicar%20online/Archive%20OD/ornicar/articles/prt0028.htm

"Moisés y la religión monoteísta", el último gran texto freudiano constituyó un excelente pretexto para insistir en uno de los temas que más acaparó la atención de Freud a lo largo de su obra: la cuestión del padre.
Freud se sirvió del mito para abordar la cuestión del padre. El mito de Edipo, tomado de Sófocles, el mito del "Urvater", y la "construcción mítica" sobre la muerte de Moisés, a partir del texto de Oseas, muestran la recurrencia freudiana al mito para dar cuenta de la función del padre, tanto a nivel del sujeto como de la masa.
La figura del padre en los mitos freudianos presenta una característica similar: la muerte por asesinato. Tal muerte tendrá una estrecha relación en la elaboración freudiana con la satisfacción pulsional y con la verdad inconsciente.
Freud relaciona la prehistoria individual, marcada por la represión inconsciente encuadrada por el Edipo, con la prehistoria de la especie humana, que ha olvidado o reprimido la causa de su origen. Así como las elaboraciones en análisis tienen por finalidad la recuperación de la verdad reprimida, habría necesidad de realizar construcciones que puedan venir a llenar las lagunas existentes en cuanto al origen de la civilización. Se podría decir que Freud concibe estas construcciones como un hecho de invención, como una ficción. La verdad inconsciente de la historia, tanto del sujeto como de la civilización, tiene estructura de ficción, tal como lo plantea Lacan.
Freud establece una analogía entre la amnesia que presenta la humanidad en relación al parricidio original, el olvido al que ha sido sometido Moisés por el pueblo judío y la represión que se sucede en la neurosis. La vertiente inconsciente del síntoma neurótico, dada por el retorno de lo reprimido, encontrará un correlato de malestar o síntoma en la civilización caracterizado por el retorno de la verdad reprimida sobre el magnicidio primordial. Igualmente Moisés constituye la expresión de una verdad inconsciente del pueblo judío, que no habla de él, lo ha reprimido del texto sagrado. Para Freud Moisés había sido doblemente asesinado: en la realidad y en el texto. Sin embargo quedan restos, quedan trazas que hacen imposible su borramiento. Moisés, cual síntoma, regresará desde lo reprimido por vía de algunos profetas, aunque sean menores, como es el caso de Oseas, comentado por Sellin, estudiado por Freud y retomado por Lacan en los Seminarios VII y XVII.
En cuanto al mito de Edipo, Freud se declaró desde muy temprano como seguidor de Sófocles. Tanto el asesinato del padre como el goce de la madre por parte del hijo se producen sin que Edipo lo sepa, son inconscientes. El sujeto freudiano esconde o reprime el deseo edípico inconsciente de matar al padre y ese deseo va a retornar bajo la forma de síntoma. Este esquema se repite en los tres mitos mencionados, se estructura en la constitución del deseo inconsciente de la muerte del padre y su posterior regreso sintomático desde lo reprimido. De aquí que Freud considere que en la medida en que un sujeto pueda encontrarse con la función del padre muerto, sin reprimirla, podrá acceder a la dimensión de la realidad de su deseo.
Lacan va más allá de Freud al plantear en el Seminario XVII que el asesinato del padre está ligado al registro del goce. Se puede apreciar en el mito del "Urvater" y en el del Edipo una relación temporal inversa entre el goce y el asesinato del padre, pues mientras en Edipo primero sucede el asesinato y luego hay acceso al goce, en "Totem y tabú" es a causa del goce que se sucede el asesinato. Para Lacan el mito del "Urvater" expone la imposibilidad real que tiene todo sujeto para acceder al goce absoluto, dado que el padre primordial asesinado se lo llevó a la tumba con él. Por razones de estructura ese goce es imposible de tener, solo se pueden alcanzar pequeños goces permitidos. Sin embargo la vía perniciosa del síntoma neurótica le permite al sujeto el encuentro con el goce. El síntoma constituye una forma de goce, una forma de satisfacción pulsional de ordinario imposible para el sujeto.
Así el síntoma presenta una doble composición en relación a la instancia del padre muerto. Por una parte se liga a la verdad inconsciente de un deseo de muerte del padre que retorna en la formación sintomática y por la otra se articula al goce vuelto imposible por la muerte del "Urvater" y que el síntoma hace ex-sistir.
Lacan señala en su Seminario "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis" que en los mitos freudianos de la muerte del padre se perfilaba la regulación del deseo de Freud (1). Cabe cuestionar el motivo de la recurrencia freudiana sobre la muerte, por asesinato, del padre. La insistencia sobre el asunto alerta sobre su implicación inconsciente. Resulta difícil no inferir una verdad reprimida del sujeto Freud en relación a los mitos de la muerte del padre, al igual que existe algo de lo que no quiere saber nada el sujeto en el síntoma neurótico.
En "El envés del psicoanálisis" Lacan sostiene que el Edipo es un sueño de Freud, podríamos agregar que los otros mitos freudianos también lo son. El sueño, como toda formación del inconsciente, amerita un desciframiento pues presenta un contenido manifiesto que vela u oculta un contenido latente. De este modo, según Lacan, la muerte del padre en los mitos freudianos no sería otra cosa que una cobertura, un contenido manifiesto que encubre otra cosa.
Freud no se cansó de repetir que el sueño, lo mismo que el síntoma y las formaciones del inconsciente, era una realización de deseo. De aquí que al considerarse el mito de la muerte del padre como un sueño se pueda decir que contiene la clave del deseo de Freud, o al menos suministra ciertas señales para identificarlo. Lacan considera que los enunciados de los mitos freudianos habría que tratarlos como al contenido manifiesto de un sueño (2).
Lo que no es explicitado en el Edipo viene a ser expuesto por Freud en el enunciado de "Tótem y tabú": el goce del padre. Constituye la única referencia freudiana de la excepción, un padre cuyo goce escapa a toda ley, a toda prohibición. Se trata de un padre dueño y señor del goce. El padre primitivo con su goce exclusivo exhibe la particularidad de la excepción, fue asesinado pero nunca sufrió el proceso simbólico de la castración, estuvo eximido de ella. Este padre muerto o padre del goce es el padre real que Lacan nos presenta como el operador estructural ubicado más allá del Edipo y que introduce lo imposible en el centro de la enunciación freudiana (3). La verdad del contenido latente de los mitos freudianos está dado por el goce del padre.
Es en este goce que se puede reconocer la verdad del deseo de Freud: exceptuar al padre de la castración o lo que es lo mismo salvarlo de la renuncia a la satisfacción pulsional. Este elemento identifica el eje fundamental que recorre "Tótem y tabú", texto llamado por el mismo Freud su "preferido”. Lacan considera precisamente a este texto como un producto neurótico, un texto que hace síntoma en la obra de Freud: "Ha faltado que yo espere este tiempo para que una tal aserción, a saber que "Tótem y tabú" es un producto neurótico, sea posible sin que, por eso, yo cuestione para nada la verdad de la construcción. Es por eso mismo que es testimonio de la verdad. No se psicoanaliza una obra y menos la de Freud que cualquier otra. Se la critica." (4)
El síntoma neurótico de salvar al padre de la castración no descalifica la verdad de la construcción freudiana, al contrario el padre muerto resultante en "Tótem y tabú", equivalente a lo imposible del goce, vendría a funcionar como una suerte de anudamiento de las diferentes figuras o aspectos del padre presentes en los mitos freudianos: el padre simbólico del Edipo, el "Urvater" de la obscenidad imaginaria y lo real de las huellas de verdad dejadas por Moisés.
En la topología del nudo borromeo, desarrollada por Lacan en la última etapa de su enseñanza, se valoriza la función del síntoma como lo que viene a suplir la función del Padre en tanto Otro inconsistente: S(A/). Cada una de las diversas figuras del padre freudiano dejan ver su inconsistencia: el padre edípico sin saber por qué moría dejaba un pueblo lleno de dificultades, el "Urvater" era un tirano caprichoso y Moisés aparece como un padre descuidado y olvidado por su propio pueblo. El padre como síntoma en Freud, exceptuado de castración, viene a darle consistencia al Padre, lo hace ex-sistir.
En Freud lo necesario de la constitución del síntoma de un padre exceptuado de castración que supliera a un padre inconsistente lo ilustra la siguiente anécdota: su padre le había contado que en una ocasión un cristiano le quitó de un manotazo el gorro que llevaba puesto al tiempo que le espetaba " judío, bájate de la acera " ¿Y tú qué hiciste? le preguntó Freud al padre, quien respondió: "me baje a la calle y recogí el gorro". "Esto no me pareció heroico de parte del hombre que me llevaba a mí, pequeño, de la mano. Contrapuse a esa situación, que no me contentaba, otra que respondía mejor a mis sentimientos: la escena en que el padre de Aníbal, Amilcar Barca, hace jurar a su hijo ante el altar doméstico que se vengará de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un lugar en mis fantasías ", escribió Freud en el capítulo V de la "Tramdeutung" (5).


(1) Lacan (J.), "Le Seminaire XI, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse", Paris, Le Seuil, p. 29.
(2) Lacan (J.), "Le Seminaire, livre XVII, L’envers de la psychanalyse", Paris, Le Seuil, p. 135.
(3) "Ibid.", p. 143.
(4) Lacan (J.), Seminaire XVIII, " D’un discours qui ne serait pas du semblant ", séance du 9 juin 1971, inédit.
(5) Freud (S.), "La interpretación de los sueños", Tomo IV, Buenos Aires, Amorortu Editores, p. 211.